¿Te preguntaste alguna vez por qué
decoramos el arbolito de Navidad?
Esta tradición se remonta a los
ancestrales tiempos en los que los primeros cristianos llegaron a las tierras
de Europa del Norte. Los nativos – celtas – tenían la costumbre de celebrar el
nacimiento de Frey – dios del sol – y por extensión, la fertilidad,
decorando un árbol de la flora habitual de esas tierras: las coníferas
perennes. Esa fecha, era próxima a la de la Navidad cristiana.
Este árbol simbolizaba al árbol del
Universo, llamado Yggdrasil, en cuya copa se hallaba Asgard (la morada de los
dioses) y el Valhalla (el palacio de Odín); y en las raíces más
profundas estaba Helheim (el reino de los muertos).
Con la evangelización, la costumbre del
árbol se fusionó con la celebración cristiana del nacimiento del Niño
Jesús, celebrando la vida representada en un árbol. Así, una
costumbre pagana se asimiló a las de los cristianos – y no es el único ejemplo.
Se le atribuye a San Bonifacio en
Alemania, allá por el siglo VIII, como el que hachó un árbol consagrado al
rito pagano para plantar en su lugar un pino, que al ser perenne simboliza
el amor de Dios, interminable. Lo decoró con manzanas y velas. Las frutas
representan desde los mismos textos bíblicos al Pecado Original, mientras que
las velas en cambio simbolizan la Luz de Cristo que vence al pecado y nos
ilumina.
Con el tiempo, se convirtieron en las
esferas y luces que tenemos en casa. La estrella de la punta representa a la
estrella de Belén, que guio a los Reyes Magos hasta el lugar de nacimiento de
Cristo, y los lazos simbolizan la unión familiar.
Los católicos señalan además que la
forma triangular, representa a la Santísima Trinidad: Dios padre, Hijo y
Espíritu Santo.
Ya los celtas indicaban el 25 de diciembre
como el día del nacimiento del hijo de la Madre de los Cielos, asociado con
Nemrod y el dios del sol. Aseguraban que en ese día, un árbol siempre verde
brotó durante la noche de un tocón seco en Babilonia, y que Nemrod volvería
secretamente todos los años a la misma hora para dejar presentes en el árbol.
Una vez más, elementos paganos se fusionan con el Cristianismo.
Existen variantes de leyendas sobre el
árbol navideño. Una leyenda europea narra que el árbol de Navidad surgió en una
fría noche de invierno, en la que un niño buscó refugio en la casa de un
leñador y su esposa, que lo recibieron y le dieron de comer. Resultó
ser el niño Dios, en la forma de un ángel de oro, que en agradecimiento
tomó una rama de pino y les indicó que la planten, cada año para esas fechas,
dio frutos de oro y plata.
En el caso de los griegos, en sus
costumbres consagraban el pino a Dionisio, dios de la fertilidad y del
vino, a quien se lo representaba con una varilla, el tirso. Se lo
coronaba con hojas de vid y de hiedras, terminada en forma de piña, el fruto
del pino. Para los romanos, la piña cerrada era símbolo de virginidad – es
decir de pureza – y es por ello que se la suele tener en las mesas navideñas.
Los cristianos suelen preferir el abeto,
como se explicó, por su forma triangular y su simbolismo con la Santísimo
Trinidad. En cuanto a la tradición protestante, se cuenta que
Martín Lutero, uno de los padres de la reforma, fue quien impuso los árboles de
Navidad hacia el año 1.500, cambiando por un pino en lugar de un roble, como
era la tradición celta. El mito relata que Lucero regresaba a su hogar una
noche invernal, cuando lo deslumbró el brillo de las estrellas entre los
árboles. Quiso reproducir la escena en su hogar, y por ello colocó velas en
unas ramas de pino.


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